Triatlón entre miedos, dolores y una meta que lo cambia todo
A veces, la vida te pone a prueba cuando menos lo esperas, y este triatlón fue una de esas ocasiones. Después de dos meses de parón por culpa de una troncateritis que parecía no dar tregua, decidí lanzarme a la aventura. No iba con grandes expectativas, solo con la intención de disfrutar del sol, la playa y animar a los demás. Pero el destino tenía otros planes.

Mis amigos me animaban a participar: «Nada, pedalea, y si hace falta, camina en la carrera.» Pero, ¿cómo iba a conformarme con eso? Yo soy de las que terminan las cosas como se debe, y la idea de no completar una prueba entera no me convencía. Así que, aunque tenía la excusa perfecta para no hacerlo, el destino me empujó. Y ahí estaba, con el traje de neopreno puesto, sin vuelta atrás.
El mar: un enemigo con el que reconciliarme
La primera prueba era nadar en el mar, y no voy a mentir: me daba pánico. Las boyas parecían estar a kilómetros de distancia, y yo solo pensaba: ¿Era necesario tanto? ¡Podríamos haber nadado en la orilla! Pero ya no había escapatoria.
Al entrar al agua, mi compañera Almu y yo nos adentramos juntas. Pero pronto, mis miedos marinos se apoderaron de mí. Miraba a todos lados, buscando medusas o cualquier cosa que pudiera aparecer. Almu, más valiente, se fue alejando, y yo me quedé sola, luchando contra mis pensamientos y el agua.
De repente, una voz desde una canoa me llamó la atención: «¡Te estás alejando, tienes que ir hacia la boya!» Por un momento pensé que venían a rescatarme, pero no, solo era un recordatorio de que tenía que seguir luchando. Con cada brazada, las olas parecían querer retenerme, como si el mar se hubiera encariñado conmigo y no quisiera dejarme ir. Pero tras lo que pareció una eternidad, conseguí hacer pie y salir tambaleándome hacia la transición.
La bici: un paseo con cuestas y dolores
El apoyo de la gente en la playa me dio un chute de energía. Me puse las zapatillas y me lancé a por la bici, diciendo: «Bueno, al menos esto será un paseo.» Pero claro, un paseo con cuestas no es tan idílico como suena.
Al principio, todo iba bien. Decidí disfrutar del paisaje, como decía Diego, pero al poco tiempo mi cadera empezó a quejarse. No esperaba que el dolor llegara tan pronto, ¡esto estaba reservado para la carrera! Así que bajé el ritmo, pensando en reservar fuerzas para lo que venía después.
La carrera: entre trotes y pensamientos de rendición
Cuando dejé la bici y empecé a correr, sabía que iba a ser duro. La humedad y el calor se unieron al dolor de mi cadera para formar una combinación explosiva. Comencé trotando despacio, intentando ignorar las señales de mi cuerpo que me pedían parar.
Aguanté tres kilómetros, pero el dolor fue aumentando hasta que no tuve más remedio que caminar. Me repetía a mí misma que no quería cruzar la meta andando, que tenía que encontrar la forma de seguir. En el avituallamiento, me hidraté, hablé con los voluntarios y encontré un último resquicio de fuerza.
Con solo 1,2 kilómetros por delante, decidí darlo todo. Volví a trotar, despacio pero con determinación. Y entonces, a 100 metros de la meta, lo vi: Ángel estaba allí, esperándome. Su sonrisa y sus ánimos hicieron que todo el dolor desapareciera por un momento. Me acompañó desde fuera, y juntos cruzamos la meta, aunque fuera simbólicamente.
Un final agridulce, pero lleno de aprendizajes
Lo había conseguido. Otro triatlón más en el bolsillo, aunque no como me hubiera gustado. La lesión me recordó que no siempre se puede competir al 100%, pero también me enseñó que hay que saber disfrutar del camino, incluso cuando no es perfecto.
Y allí, al otro lado de la meta, mientras esperaba a los demás para animarlos, entendí que lo importante no era cómo había llegado, sino que había llegado. Porque al final, siempre vendrán tiempos mejores.
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