IRONMAN GANDÍA 2025 – Crónica de Alejandro Rodríguez

Una jornada para recordar: 18 de octubre, sábado.

Nos poníamos en la línea de salida del que sería mi tercer IRONMAN. Llegué a la transición a las 07:50, sin nervios, muy tranquilo. Allí me encontré con Sardón. Charlamos durante cinco minutos, compartiendo la calma previa al esfuerzo que nos esperaba. Luego me acerqué a la zona de los compañeros que participaban en la distancia corta. Hablamos, nos deseamos suerte y, como siempre, inmortalizamos el momento con una foto de grupo.

Tras ese rato de camaradería, me dirigí a mi zona de transición para terminar los preparativos: revisar la nutrición, bebida y todos los detalles necesarios. De repente, escuché una voz que me llamaba. Eran Marcos e Isa, que habían venido a animarnos. ¡Qué gesto tan bonito! Me llenó de alegría y, al mismo tiempo, seguí sorprendido porque los nervios seguían sin aparecer. Tranquilo, dejé todo listo y me salí en busca de mis chicas para estar con ellas durante los últimos minutos antes de entrar a la cámara de llamadas.

La natación: un inicio prometedor.

Llegó la hora. A las 9:15 saltamos al agua, y cinco minutos después, el bocinazo marcó el inicio de la prueba. Me metí en un grupo y cogí unos buenos pies para no gastar balas innecesarias. Para mi sorpresa, estaba disfrutando como nunca. Mantenía un ritmo cómodo, adelantando a otros triatletas y sintiéndome fuerte.

Así continué hasta completar la natación, parando el crono en 1 hora y 17 minutos. Salí del agua entero y muy contento. Al llegar a la orilla, me encontré con mis chicas. Me vieron feliz, les canté mi tiempo y ellas se alegraron incluso más que yo. Son mi equipo, mis mayores fans, y siempre están ahí para darme fuerzas.

El ciclismo: constancia, estrategia y cabeza fría.

Nos tomamos la transición sin prisa pero sin pausa. Me quité el neopreno, me puse los calcetines, las zapatillas, el casco y cogí la nutrición para las dos primeras vueltas. En 4:52 ya estaba listo para salir en busca de mi «avión» ✈️, mi bici.

Salimos de Gandía y empezamos a rodar según el plan establecido, manteniendo ritmos constantes de 34-35 km/h. Todo iba según lo previsto hasta que, al llegar a la entrada de Tavernes, me encontré con un badén y perdí un bidón de agua y otro de maltodextrina. Como quedaba mucha prueba por delante, decidí parar y correr a buscarlos. Perdí 1-2 minutos, pero fue la mejor decisión que pude tomar, ya que no hipotequé el resto de la prueba.

Seguimos rodando y, al llegar al punto de giro en la segunda vuelta, noté que empezaba a soplar aire de cara en dirección a Gandía. Decidí bajar el ritmo a 31-32 km/h para no gastar más energía de la necesaria y rodar cómodo. Cada vez que completaba una vuelta, me encontraba con mis chicas y los compañeros del club, que no dejaban de animarme. Sus gritos de apoyo me daban fuerzas extra para seguir adelante.

En la tercera y cuarta vuelta mantuve el mismo plan que en la segunda: rodar a 34-35 km/h en la ida y bajar un punto en la vuelta para seguir reservando fuerzas para lo que aún quedaba por delante.

Llegamos al inicio de la última media vuelta. Esta vuelta es la muerte, pero son solo 20 kilómetros, y me repetía a mí mismo: «¡Aguanta, ya casi está!». Seguí el mismo plan, aunque en dirección a Tavernes subí un par de puntos y rodé hasta el punto de giro a 37-38 km/h. Sin embargo, en la vuelta, con el aire de cara, intenté rodar a 34-35, pero me di cuenta de que lo que podía ganar lo iba a perder en la maratón si no gestionaba bien las fuerzas. Así que bajé el ritmo nuevamente a 32-33 km/h.

Finalmente, llegué a la transición con un tiempo de 5 horas y 42 minutos, a una velocidad media de 32,4 km/h. Al bajarme de la bici, lo pensé: «Buff, queda una maratón».

Mientras me cambiaba las zapatillas, empezaron a aparecer los miedos del anterior IRONMAN, donde peté en el kilómetro 10 de la maratón. Me tomé mi tiempo, pero como en la transición anterior, sin prisa pero sin pausa. En 5 minutos ya estaba listo para empezar a correr.

La maratón: entre el disfrute y la lucha final.

Empecé la maratón con cautela, intentando no pasarme para no pagarlo después. Al llegar al giro hacia el espigón, me encontré con mis compañeros y mis chicas, que me dieron ánimos, y enfilé mi primer espigón. Me crucé con Jorge, nos chocamos la mano y seguimos cada uno con nuestra batalla particular. Sorprendentemente, empecé a encontrarme increíblemente bien, manteniendo ritmos de 4:55-5:05.

Primera vuelta, segunda vuelta, tercera vuelta… y seguía alucinando con las buenas sensaciones que tenía. Gestioné la nutrición para tomarme el gel que tocaba en cada vuelta, justo donde estaban mis chicas y el equipo animando. Todos me preguntaban cómo iba, y mi respuesta era siempre la misma: «Sensaciones brutales». Marcos, que sabe perfectamente lo que es esto, me miró y me dijo: «¡Estás volando!». Le respondí con una sonrisa y un «Que así sea, pero que no explote».

Seguí corriendo, manteniendo el ritmo y, lo más importante, disfrutando de cada kilómetro de la maratón. Me obligué a grabar cada momento en mi memoria, porque sabía que estaba viviendo algo único.

De repente, ya estaba en la última vuelta. Solo quedaban 7 kilómetros. Me encontré con Diego en la recta de meta, que estaba esperando al futuro IRONMAN Jorge, que se estaba marcando un carrerón. Diego me preguntó cómo iba, y con una sonrisa le contesté: «Última vuelta».

Comencé esta última vuelta con confianza, pero cometí un error: no cogí agua. Fue una mala decisión. Al llegar al espigón, ¡boom! Llegó la temida petada, esa que nadie quiere vivir. Pero no me rendí. Me dije a mí mismo: «Venga, anda 2 minutos y luego a correr, que solo quedan 5 kilómetros».

Salí del espigón y vi a mis chicas por última vez antes de que se fueran a la meta a esperarme. Les pedí un trago de agua, aunque sabía que no se podía. Lo necesitaba. Volví a correr, pero ya iba a 6 minutos por kilómetro. Las piernas estaban cargadas de fatiga, después de haberlas exprimido durante 37 kilómetros. Engañé a mi cabeza diciéndome: «Solo hasta el próximo avituallamiento».

Cuando llegué al avituallamiento, me tomé tres vasos de Coca-Cola y otro de agua para quitarme el sabor. Miré el reloj: solo quedaban 2 kilómetros y 129 metros. Me repetí: «A tope hasta la meta y revientas allí».

La gente, al ver mi ritmo de carrera, me preguntaba: «¿Vas a meta?». Y yo, con una sonrisa de oreja a oreja, respondía: «¡SÍIIII!». Recibí enhorabuenas y ánimos de personas que no conocía, pero que en ese momento se sentían parte de mi esfuerzo.

Y entonces llegó el momento tan deseado: la recta de meta. Me tomé mi tiempo, disfrutando cada paso. Fui chocando la mano a los compañeros que habían estado animando desde primera hora. Con tanto humo, no veía a mis chicas, pero vi a Diego, le choqué la mano en señal de gratitud, y gracias a él las encontré.

Me acerqué a ellas con tranquilidad, les di un beso, porque se lo merecían. Habían estado todo el día animándome y regalándome la mejor de sus sonrisas. Leí la pancarta que me había hecho Gabriela y le di otro beso. Cogí la camiseta y, por fin, vi el arco de meta. Extendí la camiseta con orgullo.

Gracias, Carlos (MÉTODO SUIZO), por sacar lo mejor de mí en estos meses. En 2026 volveremos a la carga.

Y allí estaba el recién nombrado IRONMAN Jorge, quien me puso la medalla. Gracias por ese gesto. En ese momento iba tan vacío que no pude agradecértelo como se debía.

Al final, lo conseguí. Paré el cronómetro en 10 horas y 57 minutos.

Lo soñé, lo luché, y lo logré.

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